México en su sitio. México en Chicago
Carlos Monsiváis
A Marc Zimmerman
¿Qué es México? Para no repetir los elogios habituales y no leer una ficha del diccionario o no precipitarme en el abismo chovinista, y una vez certificadas las leyes, la historia y los alcances de la cultura nacional, añado una mezcla de impresiones y certidumbres. Entre otras posibilidades interpretativas, México es:
un haz de fuerzas enfrentadas en un paisaje social, económico, político y cultural que las unifica de mala manera;
una República gobernada durante setenta años por el mismo partido, de autoritarismo capaz de algunos logros y, desde hace décadas, incapaz de renovación o de abandono de una estrategia básica: la consagración de la impunidad;
la desigualdad extrema que la fertilidad demográfica agudiza;
la práctica depredatoria que ignora los derechos de las generaciones próximas y se especializa en el ecocidio;
el desarrollo desigual al que por un período largo acompañó la movilidad social de amplios sectores;
el crecimiento reencauzado (privatizado) desde los años ochenta por el neoliberalismo y su acumulación monstruosa del capital;
un árbol totémico de mitologías contradictorias y complementarias;
la incapacidad estatal y social de retener a millones de personas que emigran en pos de la utopía esencial: el trabajo que garantice las oportunidades para uno mismo y, lo más importante, para la familia;
la religiosidad popular que estalla en prácticas comunitarias, escenas de fe conmovedora, descargas de intolerancia y, sobre todo, la virgen étnica que es el amparo emotivo de las generaciones;
el relato de proezas, quebrantos y matanzas rituales, condimentado con avances democráticos lentos pero sostenidos;
la cultura popular jubilosa y doliente que viene de los ritos indígenas, atraviesa por el catolicismo y la fermentación mestiza, aprovecha el impacto de la industria del espectáculo y conoce su auge urbano en la primera mitad del siglo XX;
el siglo de americanización que no consigue suprimir el vigor de la cultura nacional;
la indefensión de abajo y la impunidad de arriba;
el aprendizaje forzado del individualismo que en algo compensa del fracaso de los impulsos comunitarios;
el oportunismo como ley de la sobrevivencia;
las tradiciones hospitalarias como método de integración
el relajo como el gran lazo comunitario...
Ante el "Año Cero" del neoliberalismo.
A fines del milenio el México conocido y memorizado y estudiado y mitificado es por entero distinto del que todavía se evoca en discursos políticos, telenovelas y películas. Es un México de vuelcos incesantes, vinculado nerviosa y enérgicamente con la economía y la industria cultural de Norteamérica, moderno en lo tocante a las ambiciones y el ritmo desarrollista, y premoderno en cuanto al reparto equitativo de visiones contemporáneas del mundo. El tradicionalismo, por tantos años eje de la vida social, todavía libra batallas culturales que gana en ocasiones en las zonas de la "sociedad respetable" y pierde en los espacios de la sociedad real. Sí, en efecto, no hay avance en el debate sobre la despenalización del aborto; sí, las encuestas reiteran el incremento de la tolerancia en lo tocante a las mujeres (le despenalización moral del aborto), los derechos legítimos de las minorías, sexuales, las madres solteras, el uso del condón, etcétera. Aún hoy, los conservadores retienen zonas de influencia, pero el proceso de globalización va en su contra, y sus luchas son más sintomáticas que significativas.
La moda/ el mandato/ la urgencia de la globalización modifica a fondo la perspectiva nacional. Se han roto —se afirma en el discurso neoliberal— las barreras del localismo, y se vive ya a velocidad planetaria. Abandonamos para siempre el rancho, la vecindad, el multifamiliar, la colonia popular, la autocomplacencia en el aislamiento, la voz baja, la timidez ante el mundo. Y de hecho, continúa la prédica, estamos al borde del Año Cero de la época que sí vale la pena. Antes se vivía para el consumo interno, y eso compensaba las deficiencias; pero you can’t go home again, y debe seguirse el viaje hacia lo desconocido que es, mientras no se aclara la situación, la modernidad crítica o si se quiere la postmodernidad.
No es el Año Cero. Así las condiciones del desarrollo cultural disten de ser satisfactorias, se cuenta con ventajas primordiales, entre ellas la vitalidad del idioma español, el desarrollo educativo (pese a sus innúmeras deficiencias), las fuerzas de las distintas culturas, la asimilación innegable de lo mejor de Occidente, el fin de las sensaciones de "lo periférico", al aclararse la falacia de un "Centro" cultural. La globalización arrincona al nacionalismo, pero no a la vitalidad de las sociedades, ni a sus aportaciones culturales, ni a su capacidad informativa y crítica (no extraordinaria, ya no deleznable), y es muy mezquino juzgar prehistórico o aún peor, propio de lo irrelevante, a todo lo vivido antes de la globalización.
"Por primera vez en nuestra historia"
En 1950 Octavio Paz termina El laberinto de la soledad, afirmando la muerte del aislacionismo: "Por primera vez en nuestra historia, somos contemporáneos de los demás hombres". ¿Pero quiénes constituyen en 1950 el somos? ¿Los campesinos encerrados por el caciquismo y el fracaso de la Reforma Agraria? ¿Los obreros uncidos a las ruedas de la industrialización que los considera materia prima? ¿Las mujeres, relegadas por el catolicismo feudal, el machismo y el cultivo social de su ignorancia? El somos se aplica en exclusiva a la vanguardia de la sociedad, los poseedores de la conciencia autorizada del destino del país. Y este somos no incluye en 1950 a los braceros, los espaldas mojadas. El somos de los migrantes es el del México tradicional que comienza a dejar de serlo al disponerse a la travesía y que, precisamente por saberse a las puertas de la ruptura con lo que ha sido, se obstina en la fidelidad a sus orígenes. Por eso, a lo largo de las grandes migraciones del siglo a Estados Unidos, las torrenciales y las incesantes, se desplazan distintos Méxicos y cada migrante translada, lo acepte o no, sus definiciones del país (familiares, de clase, de grupo), y trae a cuestas los lazos de paisanaje y los compadrazgos. Son legión los Méxicos que han viajado, cruzando ilegal o legalmente la frontera, para instalarse en un medio desconocido y admitir por las buenas o por las malas que la mayor utopía es la lealtad incondicional a lo que han sido.
En Norteamérica, los migrantes reelaboran sus ideas de la nación y lo nacional y las recomponen todavía más al volver para quedarse o para visitar a la familia y el pueblo (dos visitas muy distintas, una del arraigo, otra del afecto y la presunción). En la nostalgia —operación muy ideologizada de la memoria— van incluidos la simpatía contrariada por lo que al cambiar muy lentamente permite aferramiento a imágenes seguras, el gusto por el disfrute ceremonial de las tradiciones, el amor por lo que ha permitido crecer (los muertos incluidos) y por lo que hubiese detenido el crecimiento (el sedentarismo). El sistema de entendimientos y asombros del migrante, obligadamente complejo, desemboca en una memoria a veces mitológica en extremo, y en un acervo de imágenes, costumbres, recuerdos y compromisos. La mitología ayuda a la fluidez emocional y política.
De la tradición como el nicho negociable
¿Qué tanto, sin moverse de su sitio, retiene una comunidad de sus tradiciones, y qué tanto las enmienda al transladarse a otro país, y al evolucionar allí al ritmo de las oportunidades y de la falta de oportunidades? ¿Qué es lo no renunciable para las personas y los grupos? ¿Cuál es la inercia de lo cíclico y cuál la inmovilidad de lo absolutamente novedoso? Desde el punto de vista de la nación mexicana, su experiencia continua es el Aztlán que viaja para fundar a diario la Tenochtitlan (la metáfora es inepta, el viaje no).
Ni los gobiernos, ni los partidos de oposición, ni la sociedad, han asumido las consecuencias de un hecho: por más de cien años, las grandes migraciones a Norteamérica son éxodos en pos de la modernidad, de las distintas formas de modernidad, hasta llegar a la idea dominante de hoy: modernidad es el acceso lo más libre posible a la tecnología de punta. ¿Qué son, entre otras cosas, el desastre agrario, la violencia en el campo y la americanización entendida religiosamente, sino encuentros con o aplazamientos de la modernidad? El desastre agrario se produce al persistir la violencia y el caciquismo que se vuelven el gran método improductivo, los gobiernos prefieren el control cerrado de sus ínsulas a la puesta al día que implica la democratización, y el dinero del narcotráfico es aceptado por la desesperación campesina convencida de que nada hay más allá de la sobrevivencia. A su vez, usen o no estos términos, los migrantes sacralizan el éxito, es decir la frustración de la suerte previsible y fatal que les aguardaba de no moverse del terruño. El antiguo campesino de Guanajuato que es ya obrero o mesero en California y padre de un estudiante de la UCLA, decepcionó al destino que lo rondaba en su tierra. El indocumentado que muere en el desierto de hambre y de sed, acató el final trágico de tantos de sus ancestros y de sus contemporáneos.
Del mismo modo, una serie de operaciones simbólicas que, en el imaginario colectivo hacen del norte de México un "Far West", frustran el desenvolvimiento previsible de las tradiciones. Al volverse la americanización y la mexicanidad más que obligaciones de conducta, estructuras complementarias de significación y de apariencia, impulsan en el México móvil la "carnavalización" que no se acepta como tal. ¿Quién hubiese concebido un México regido por los role models de John Wayne y Clint Eastwood, en sus variantes de la onda grupera? ¿Quién habría previsto la sustitución de los corridos de la Revolución Mexicana por los narco–corridos y el repertorio de los Tigres del Norte, los Temerarios, los Bukis, los Tucanes de Tijuana y así sucesivamente? ¿Y quién hubiese profetizado que al apropiarse los trabajadores del campo y del sector servicios, de la imagen fílmica del gunfighter la enriuqecerían con camisas de color verde limón, servicios se enfundaría camisas verde limón, rosa, azul eléctrico, rojo frenesí o morado éxtasis? (Para no hablar del diseño de los cinturones) ¿Cómo adivinar lo revelado en la confiscación de una de las casas de la narcofamilia Arellano Félix: una colección de figuras de Walt Disney de tamaño considerable hechas con la técnica Lladró? ¿Quién le hubiese dicho a los personajes de Juan Rulfo que un espectáculo predilecto de sus descendientes sería el rodeo, ambientado con canciones de Dolly Parton y Willie Nelson, allí donde reinó la voluntad de Pedro Páramo, un rencor vivo? Diles que no me maten, y don’t fence me in.
La moraleja del migrante físico suele ser también la del migrante psicológico: a la tradición se le honra en los días y las horas a ella consagrados, y a la novedad se le da la oportunidad de convertirse en tradición. Y por eso, a los que se van y a los que se quedan los une la práctica que, simultáneamente tiempo honra y jubila las tradiciones. Sin duda, algunas costumbres se exceptúan de los vejámenes del proceso de adaptación: el papel del relajo como simulacro del caos, las devociones religiosas, algunos hábitos culinarios, el sitio de honor simbólico de la madre, el rol de la familia como sociedad reducida y ampliada, el rencor hacia el PRI y el mantenimiento de rasgos priístas del comportamiento. Pero aún allí los cambios son muy perceptibles. Así por ejemplo el alto número de conversiones religiosas, los migrantes que son bautistas, presbiterianos, pentecostales, mormones, testigos de Jehová, adventistas del Séptimo Día, esotéricos, espiritualistas. En su muy interesante estudio El dilema del retorno. Migración, género y pertenencia en un contexto transnacional, Víctor N. Espinosa reproduce una oración del Devocionario del emigrante, redactado en las diócesis de Zamora y de San Juan de los Lagos:
Oh, Dios… he decidido salir de mi casa para ir a trabajar al extranjero. Me siento con el corazón destrozado, porque voy a dejar a mi esposa, a mis hijos, a mi padre y a mi madre. Tú bien sabes que lo hago por necesidad y no por buscar una aventura egoísta… Te pido que la fe que recibí de mis padres siga fuerte a pesar de encontrarme en otro ambiente, en otra nación… Oh Jesús… me encuentro en este momento en la frontera, decidido a pasar aunque sé que es contra la ley. No lo hago para desafiar los reglamentos de una nación, sino por necesidad. Es la desesperación que me hace cruzar. Es la realidad económica en que me encuentro y el aprieto de buscar una salida para mi familia… como ciudadano del mundo y de una Iglesia que no tiene fronteras, te pido, Dios, me concedas llegar a mi destino sin inconvenientes ni obstáculos…
Con todo respeto para el Devocionario, nunca supuse tanto interés en lo jurídico en las conversaciones privadas de un migrante y Dios. Más bien, a partir de la información disponible, imagino un rezo como el siguiente:
Virgencita, madrecita mía:
Vengo a ti para que me devuelvas la sensación del cielo, que es como si todo el tiempo fuera mío, no nada más el cansancio del escaso tiempo libre. Te reverencio en tu nicho, Jefecita, así luego, las menos de las voces, ya no comulgue con tu fe y me haya vuelto pentecostal o adventista o congregacional o metodista, pero sí creo en tu Iglesia llevo tu imagen conmigo, y si ya no creo no dejo de mirarla porque de veras que eres la más reproducida y ubicua, en restaurantes y caminos y carteras, y en las exposiciones de la comunidad, por allí andas mi Reina. Y cuando veo tu imagen pienso en mi madre, que me ponía bajo tu cuidado, y no le fallaste conmigo, aunque sí le fallaste con Ramón y Chucho, que también te los encomendó y ya viste cómo les fue con la Migra. Y a mi papá le daba por reír cuando te contemplaba, pero es que él siempre sólo rezaba cuando andaba muy borracho.
Si la religión es un signo distintivo, el estilo de la nostalgia es otro. El mexicano o la mexicana que se quedaron le confían sus evocaciones teatrales al nacionalismo, y su nostalgia más personal a lo mismo que cualquier otro ser humano. Según los testimonios disponibles, el mexicano o la mexicana que se han ido a los Steits, se preocupan, además de por la suerte de los más próximos, de la obsesión internacional: la conversión del chisme en telenovela. Así concibo su stream of consciousness, sobre la base de muy distintos testimonios:
¿Cómo estarán en el pueblo, con tanta bronca y tanto desempleo y las guardias blancas y los judiciales? ¿Y qué estará haciendo mi compadre Nicanor a estas horas? ¿Habrá terminado con las faenas del campo, se estará preparando porque le tocó ser mayordomo de la fiesta? ¿Y qué hará mi comadre? …Bueno, a lo mejor yo debía decir algo distinto: ¿qué estarían haciendo mis compadres de seguir allá en el agujero? Porque casi todo mi pueblo ya está aquí, en California, y no sé quién se quedó allá, a lo mejor nos va a pasar lo de San Pedro Tumeyalco, que tuvieron que pagarle a una familia de otro lado para que vivieran allí y cuidaran las tradiciones. Y como no son del pueblo pues las cuidan muy mal, y no hay quien ponga de cabeza a San Judas Tadeo cuando no llueve… ¿Y mi hermano Juan ya se habrá casado allá en la capital? Para mí que no, que el Juanito es gay como aquí dicen. Pues si no le da sida que haga de su culo un papalote o un navío espacial. Qué bueno que mi papá no vio sus desfiguros, y qué bueno que nosotros apenas conocimos a mi papá, porque así ni nos imaginamos sus reacciones.
La caricaturización no admite las visiones de conjunto, pero es más cierta que las leyendas y el desdén a propósito de las metamorfosis de los migrantes. Así, los "espaldas mojadas" no sólo sienten opresivo el anonimato de Norteamérica; también ven allí indicios de la gran libertad posible. Paradójicamente, su identidad más personal se despliega cuando nadie los conoce, no porque sean por entero distintos sino por la desaparición de la vigilancia moralista que es la prisión de la Identidad. En un casino al estilo de Las Vegas, en el corazón de Los Ángeles, abarrotado por paisanos con sombrero, don X, según Víctor N. Espinosa, que no quiere platicar sobre su vida delante de su esposa e hijos, confía uno de los encantos de vivir en Los Ángeles: "Podía tener hasta diez personalidades sin que nadie lo supiera", cosa imposible en su lugar de origen, donde la distribución fija de roles le impedía "hacer algo sin que lo supiera todo el mundo". ¡Ah, esa asechanza pueblerina a la que tanto le convienen los versos de Carlos Pellicer: "Mudo espío/ mientras alguien voraz a mí me observa"!
"Y un día los únicos monolingües serán los anglos"
Son extraordinarias las contribuciones del México de afuera al desarrollo civilizatorio del México del arraigo. Han renovado las costumbres de regiones enteras, han ampliado los límites de la tolerancia, han transformado guardarropas y apariencias, han roto el aislacionismo. A estos aportes se les ha respondido desde el tradicionalismo con prevenciones, intemperancias, desconsideración. Todavía en los sesentas, se profesaba públicamente el rencor a los "prófugos que luego luego se contaminan de los malos hábitos que infectan su idioma y su religiosidad", y antes de que la economía lugareña dependiese en tal alta medida de los migrantes, se ejercía con regocijo la censura contra quienes huyen del control comunitario de sus vidas. "A mí háblame en cristiano", la frase tan socorrida en la primera mitad del siglo XX, dirige la burla a los que prodigan frases en inglés al volver al pueblo, y ostentan hábitos "que deforman nuestra Identidad". Irse no ha sido únicamente delatar el nulo espíritu aventurero de los sedentarios, sino ¾ y esto es central¾ desertar del encierro fundamentalista. Y en la misma línea, algunos sectores de las comunidades mexicanas en Estados Unidos, buscan apaciguar a quienes los han calificado de pochos (traidores), y por eso actúan (más que viven) su devoción por las creencias, los atardeceres aldeanos o, ya ahora, la inversión térmica en la capital. "Véanme aquí haciendo este día festivo lo mismo que cuando estaba con ustedes".
Debido a la migración, la provincia (término peyorativo) se transforma en las regiones (vocablo descriptivo). A la migración hay que agradecerle el amortiguamiento de numerosas explosiones rurales y en gran medida urbanas. Gracias a las migraciones masivas, el que se queda y el que se va descubren su tierra prometida, aquella que se dejó y aquella que no se alcanzará. Por intercesión de los millones de personas del México de fuera, el México de dentro verifica la velocidad de sus cambios.
Sin jamás reconocerlo explícitamente, la sociedad mexicana localiza en las migraciones su experiencia más considerable de la adaptación forzada y violenta a la modernidad. México, a lo largo del siglo, se ha ido transformando a saltos, con las técnicas muy desiguales que le permite la imposición de un modelo único de modernidad, pero este juego de aceptación acrítica o de resistencia fanática ha marcado dramática o trágicamente la vida nacional. Y sin las migraciones a Estados Unidos, la nación carecería de escalas comparativas y de perspectivas confiables para juzgar su dinamismo o su estancamiento, porque hubiese dependido del criterio único de movilidad: la expansión macrocefálica de la ciudad de México.
"Oye vieja, ¿cómo se dice door en inglés?"
Se produce en las décadas recientes un acercamiento creciente entre el México que se ha quedado y el México que se ha ido. No en balde está fechada la idea de Estados Unidos, "país incomprensible", y se acortan muchísimas distancias culturales (así persistan con crueldad las diferencias entre los modos de vida), y se atenúan el recelo y la envidia de los sedentarios. No nada más pesa el flujo de dinero de los migrantes, también se observa con más detenimiento la experiencia chicana y mexicana en Estados Unidos, porque casi no hay familia sin parientes en Estados Unidos (ahora, el gringo es el otro que no vive tan lejos de mis primos), y porque resulta un rito de pasaje en el medio mexicano, donde como suele suceder, el método para globalizarse es la americanización.
Es inevitable la "transfiguración tecnológica" del país, o como se le llame a la asimilación de la modernidad que depende de la informática, de la alta tecnología, de los flujos de capital, de los gadgets. Desde hace años, la tecnología es el espacio excepcional desde donde se miden las tradiciones y la patria misma, con todas las injusticias previsibles. Un criterio se agrega a los existentes y los desplaza: la eficacia es sinónimo de tecnología, y sólo a unas cuantas tradiciones se les exime de responsabilidad al respecto. A la Patria (el conjunto épico) y a la Nación (la totalidad demográfica), el neoliberalismo las "actualiza" con instrumentos implacables, la extrema fragilidad financiera, la hegemonía de la industria cultural de Norteamérica (no está lejana la fecha en que se considere a Godzilla una deidad prehispánica y a Star Wars el verdadero relato del libro de Génesis); y la adopción descarnada del struggle for life darwiniano, que atropella las últimas prácticas comunitarias. Esto va de la destrucción de los criterios nacionalistas a la veneración o semisacralización del Libro de Récords Guinness. Las nuevas hazañas de la Patria se expresan a través de los récords. Aquí hubo batallas y héroes y mártires, pero hoy, compatriotas, la Nación demanda, debidamente certificados, el Taco Más Grande del Mundo (León), el Sope más Grande del Mundo (Toluca), la Quesadilla más Grande del Mundo (Querétaro), el Nacho Más Grande del Mundo (Matamoros), el Pastel más Grande del Mundo (Monterrey), la Bandera más Grande del mundo (ciudad de México), la Rosca de Reyes más Grande del Mundo (ciudad de México).
La tecnología hace tabla rasa del lenguaje público. Hace unos días vi un letrero en una iglesia: "Recicla tu espiritualidad". ¿Por qué no? Si el alma no tiene hardware y software, que no se le ocurra aspirar a la perfección.
La comunidad: Mas si osare un extraño patrón
A propósito de la americanización, la hispanización durante el virreinato fue en México más brutal y, además, con menos posibilidades de ver a Los Simpson a no ser bajo la forma de santos. Pero si la americanización es una influencia avasalladora, no posee la virtud de arrasar por entero la cultura nacional, y ningún movimiento de conquista psicológica triunfará del todo mientras persista la muy desigual distribución del ingreso, el desastre educativo y el racismo (el de México y el de Estados Unidos). Nada "mexicaniza" tanto, por así decirlo, como las vivencias de los seres discriminados y en este sentido, el término La Raza es todo menos racista. Es sí, muy descriptivo, y no viene de "la Raza" hispánica sino de su opuesto, "La Raza de Bronce", el color moreno, la apariencia indígena, la "pertenencia fisionómica" a una nación. La Raza no es racista, y la expresión convoca a la unidad desde el aspecto y los hábitos gregarios, sin subrayar superioridad alguna. Por eso, no es tan exacto alegar que al llegar a Norteamérica los migrantes se ven obligados a interiorizar el racismo, porque si su tez es morena, ya lo traen bien asimilado. En sus lugares de origen, los prietitos sirven por ejemplo para que los oligarcas se sientan criollos.
Se escucha de modo incesante entre los dirigentes reales o presuntos en las comunidades: "¡Ah, qué difícil organizar a la Raza! (Quizás pronto, por la influencia de académicos, se diga: "¡Ah, qué infrecuente concretar la comunidad imaginaria!") Se instalan como pueden en Chicago o L.A. o Sacramento o Nueva York, se casan o se arrejuntan o mandan traer a su compañera, obtienen una chamba regular en un restaurante o un taller o una oficina o un negocito, se incrustan en su nicho y, una vez cubierto el compromiso "con los suyos", se consideran libres de los deberes comunitarios, al fin y al cabo que su comunidad las más de las veces se materializa sólo unos días al año. (Las excepciones suelen incorporarse a Organizaciones no Gubernamentales)
A los gobiernos de México no les ha preocupado en demasía la suerte de los mexicanos en Estados Unidos. Están sujetos a otras leyes, y los gobiernos ya de por sí sufren de presiones norteamericanas tan numerosas que la piensan antes de protestar. A los compatriotas se les ayuda con trámites, se les reúne en las fechas patrias, se les defiende "de a poquito", y no mucho más. Para los gobernantes, muy en especial para Luis Echeverría y Carlos Salinas de Gortari, las comunidades mexicanas son ese ruiderío del Cinco de Mayo y el 15 de Septiembre vuelto de vez en cuando plataforma de apoyo. El PRI ha querido manipularlos, pero ya sólo tiene éxito en el espacio de las resignaciones.
Goodbye my chaparrita, and don’t cry for your Pancho… A la Raza le toca el florecimiento de un sincretismo al que reemplazará otro sincretismo al que… En México, desde el punto de vista popular, son casi indistinguibles la celebración del Halloween y la del Día de Muertos, y los gobiernos, cuando quieren salvar una tradición, le abren el camino del afinamiento estético. Las tradiciones suelen apoyarse en elementos artísticos, pero su continuidad requiere de algo parecido a la "legitimación cultural". De allí las exposiciones y los concursos gubernamentales del Altar de Muertos, del Altar de Dolores, de los Nacimientos, de aquellas costumbres que en las grandes ciudades han quedado a la merced de la memoria, la buena voluntad y el gusto de una minoría. (Ya se rumora de un concurso de Peregrinaciones) Ahora se presenta a las tradiciones populares como instituciones artísticas, precisamente para localizar los méritos que les permitan persistir en la globalidad, tan demandante de nuevos personajes y tradiciones. Al margen de la calidad de lo venidero, ya no surgirán géneros populares como la canción ranchera, ni creadores como José Guadalupe Posada, Juan Rulfo o José Alfredo Jiménez, que surgen de ideas unificadas de la singularidad, tratadas de modo único. Sí, las novedades son cuantiosas, pero como diría un yuppie, este country sigue hablando en español.
El nacionalismo: Como México no hay dos, pero vámonos respetando
También los cosmopolitas empezaron gritando: "¡Viva México!" Casi de golpe, el nacionalismo en México pierde esa gran base de sustentación, la credibilidad sin fisuras en la esencia de lo Mexicano, y se concentra en un repertorio de gestos y actitudes. Si la nación ya no cuenta con movilidad social y los mínimos de bienestar para la mayoría, ¿a quién persuade a fondo el nacionalismo? Y a eso se agregan el deterioro de las leyendas de la autosuficiencia: esa demolición del idioma español (algo diferente del Spanglish) ejecutada por una clase dominante que para hablar se traduce a sí misma del mal inglés al peor castellano; esa idea en las clases populares de México de la emigración como el Pay Per View; ese desconocimiento de la historia de México que vuelve a los héroes figuras del comic más antiguo; esos dólares de los emigrantes indispensables en las economías regionales; ese miedo a las desintegraciones del porvenir que no es sino temor al presente; ese conflicto anímico de los expulsados de su país de origen a los que maltrata el país de residencia.
Y si el nacionalismo en México se va transformando en post-nacionalismo, en muchísimos migrantes se vuelve esa variante de la post-modernidad que es la lealtad localista. Qué lejos estoy del suelo donde he nacido. Lástima que mis padres no tienen E-Mail. Por eso, desde la sociedad abierta se profesa la añoranza por la sociedad cerrada. La reconversión de México en el extranjero se equipara a la reconversión de México en México. En ambos casos se defiende como esencia lo ya no admitido por la vida cotidiana, y en ambos casos el grado de creatividad es intenso, disparejo, lleno de intuiciones notables, proclive al autoengaño y a fin de cuentas, muy vital. El "esencialismo", a contrario sensu, y pese a sus intenciones es una de las fuentes imaginativas del desarrollo cultural de las comunidades.
"México gringo y querido"
El nacionalismo cumple misiones diversas. Las más de las veces es manifestación explícita del populismo gubernamental, y premio de consolación (cada vez más precario) por no pertenecer a las metrópolis. Al neoliberalismo le tiene sin cuidado el nacionalismo, salvo como decoración de la industria del espectáculo, y por eso, crecientemente, los "representantes de la nación" en México y en las comunidades mexicanas en Norteamérica, son figuras del showbusiness. En la lógica del nacionalismo imperante, sólo lo reconocido y reconocible puede ser emblemático. Pero la reducción del nacionalismo a personajes cuyo mejor destino es vivir en un anuncio comercial, no es el único escollo. Al nacionalismo lo disminuyen, dentro y fuera de México, estos hechos entre otros:
— el nacionalismo se desenvolvió sin admitir el lenguaje y las ideas de la democracia. En sus mejores momentos, el nacionalismo ha rescatado y desplegado valores extraordinarios del pueblo, pero lo suyo no es el desarrollo civilizatorio sino el alud de leyendas y de actitudes programáticas.
¾ al nacionalismo cultural lo mata la obligación de representar. Compite desventajosamente con la modernidad, y sólo resurge al amparo de fiestas o situaciones anímicas. "¡Viva México, hijos de la Chingada!". Con frecuencia, de una generación a otra este nacionalismo se vuelve humor involuntario por la interpretación unívoca de los símbolos y por requerir de un lenguaje de ensalzamiento que es cursi. El nacionalismo de los mexicanos en México terminó riñendo con el afán de universalidad; el de los mexicanos en Estados Unidos, no obstante algunos delirios evocativos, viene del afán de contribuir a la diversidad. El migrante no se encierra en sus tradiciones, eso le sería imposible a quien a diario se modifica por el contexto, pero retiene su idioma materno para traducir desde allí lo que lo transforma.
— si un término se aplica hoy en México para todo, de la descripción de una fiesta de ánimo patriótico a la ayuda a los damnificados por las inundaciones, es el acuñado por Benedict Anderson, Comunidad imaginaria, en nuestro caso la que eleva un solo fervoroso grito en los juegos de la Selección Nacional y deja de existir al final del partido; la creyente el 12 de diciembre en la Basílica y la atea funcional (según los obispos) el resto del año; la animosa en las reuniones de la Raza, y la olvidadiza de su adscripción a todo lo que no sea la familia nuclear o la devoción predilecta (religiosa, deportiva, regional, política si es el caso).
México en Chicago
Por más de un siglo, generaciones de mexicanos en Norteamérica han aprendido a manejarse dentro de otra cultura, otra lengua, otro sistema de referencias sociales, otra valoración laboral, y su adaptación ha sido irregular, con éxitos sectoriales, resistencias a la explotación racista y una zona de fracaso parcial: la educación. Allí han enfrentado la segregación en las escuelas (Texas), el diluvio de estereotipos a propósito del fracaso académico-escolar, la falta de una cultura familiar de apoyo a los estudiantes. Según Elena Bilbao y María Antonieta Gallart en Los Chicanos. Segregación y educación (Nueva Imagen, 1981), los estereotipos más generalizados para explicar las limitaciones en el aprendizaje son los siguientes: "el niño es fatalista como derivado de su información católica; se orienta al presente por lo que es apático, no competitivo y carente de motivación; es supersticioso; proviene de hogares regidos por el patriarcado y por una cultura tradicional o folk, que no estimula la educación". Los estereotipos tienen una dosis de razón, pero no incluyen elementos de opresión radical: las consecuencias del racismo, la situación económica de las familias, y el bajo nivel educativo de la mayoría de los migrantes. Ocurre lo habitual: a la minoría se le adjudica el origen de la totalidad de sus carencias. No se toman en cuenta por ejemplo las prácticas de segregación, de adiestramiento de maestros y de dificultades severas con el idioma inglés de los niños mexicanos en los estados del suroeste.
Dentro del "México indocumentado" que los migrantes se llevaron, aparecen también los problemas educativos, la segregación clasista, la ausencia de incentivos escolares, el fatalismo. Su persistencia en lugares distintos por completo, tan previsible, es uno de los escollos radicales de los mexicanos en Estados Unidos. Pero los avances son también muy reales, y en los años recientes excepcionales, y esto deshace las leyendas deterministas. Esta es la ganancia enorme: al México de fuera, en definitiva, ya no lo rige el fatalismo.